69 Festival de San Sebastián: El gran movimiento

Pensemos que existe algo así como el Universo Cinematográfico Kiro Russo, más cercano al de Pedro Costa que al de Marvel: un universo poblado de fantasmas y de olvidados, pero siempre los mismos fantasmas y siempre los mismos olvidados. En Viejo Calavera Kiro Russo estableció sus bases a través de una narración inextricable donde un grupo de mineros bolivianos trabajaba, luchaba y sobrevivía en la dimensión material, pero también en la de las imágenes. La suya era una representación original e inédita de ese colectivo, una mirada alucinada al interior de la tierra contra la que no se podía combatir, como espectador, mediante la razón. Había que abandonarse, dejarse sumergir por la abisal oscuridad de la mina, del agujero; cejar en el empeño de entender el idioma que hablaban los trabajadores, del que sólo se discernían palabras sueltas aquí y allá, como si la negrura absorbiera cualquier tipo de entendimiento sobre lo que se veía o escuchaba.

En El gran movimiento, Russo saca de la mina a estos trabajadores y los lleva a La Paz, a una manifestación. Allí, desheredados, intentan sobrevivir en lo que parece ser una aproximación documental más inteligible sobre las condiciones de vida de estos mineros en un ecosistema exógeno para ellos, como es la gran ciudad. Filmada en 16 mm desde las alturas – no desde un dron, como la mirada de Dios, sino desde la montaña, hogar de la mina – los puntos de vista se alternan y los personajes se multiplican, pero siempre desde lo que parece un caos semiordenado: cuadros costumbristas de los trabajadores de la ciudad buscando sustento que, aunque no parecen poseer conexión evidente entre sí, narran de forma frágil la historia de uno de esos mineros, que caerá enfermo aquejado de un extraño mal en la misma calle de la ciudad.

Un mal indefinido, una enfermedad sin cura – tal vez provocada por el polvo de la mina, tal vez por el mismísimo diablo – provoca la tos en el nunca proclamado protagonista, sumiendo la película en un delirio febril de sombras y música electrónica. Toda capacidad de entendimiento alrededor de la película desaparece con la llegada de la enfermedad. Comienza así la voladura caótica pero controlada de la película – ¿pueden coexistir esos dos adjetivos en la misma frase? – que se sumerge en una espiral caleidoscópica de imagen y sonido, donde estos dos elementos se transforman continuamente. El paisaje urbano de la ciudad, así como su paisaje sonoro, pierde toda similitud con la realidad sin perder en ningún momento su relación con ella: estamos en La Paz; vemos y escuchamos La paz, pero a la vez ni estamos allí ni percibimos la ciudad tal y como es. Es como observarla a través de un espejo deformante que transforma la imagen cada vez más. 


La película acelera y acelera, y supera lo indescifrable de Viejo Calavera, y sigue y sigue sin mirar atrás, haciéndose cada vez más críptica. Aunque tal vez críptico no sea un buen adjetivo para definir esta obra, pues sugiere la existencia de un significado mayor escondido tras las imágenes y, por lo tanto, la posibilidad de descubrirlo, de resolverlo como un enigma. Pero, ¿hay algún significado así en esta película? Tal vez intentar dar sentido a lo que se ve y se escucha es una forma de violentar lo observado. El gran movimiento existe en el reino de lo sugerido, de lo apenas esbozado, pese al torrente categórico que son sus imágenes. Incluso su título se antoja indefinido pues, ¿cuál es ese gran movimiento? ¿el movimiento social de los trabajadores? ¿el movimiento espacial de estos? ¿el movimiento de tierras que sufre la ciudad en un momento dado? ¿o tal vez un movimiento subterráneo, indefinido, un movimiento contra alguna hegemonía? Imposible decirlo, imposible determinar nada de esta película que parece muy interpretable pero que termina mostrando que no hay posibilidad de interpretación, pues cada imagen es empujada por la siguiente en una espiral autodestructiva, reacción en cadena que parece no tener fin, aunque sólo sea porque el fin sugiere un principio, y un camino manifiesto entre los dos. El gran movimiento termina, claro, pero podría seguir dos horas más porque en ella el tiempo se mide en otros términos, pero termina con la muerte y termina con la vida. Y también termina declarando que, por fortuna, el cine aún puede sorprendernos un poquito más.

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