69 Festival de San Sebastián: Vous ne désirez que moi

Si redujéramos la narración en el cine a su mínima expresión, podríamos quedarnos con el testimonio simplemente enclaustrado en una conversación, por ejemplo un plano-contraplano, o un plano secuencia. Toda la historia de la película quedaría atrapada en la distancia que hay entre un actor y otro. El relato se convertiría en testimonio, en narración oral. ¿Tiene sentido que el cine prescinda de las imágenes de lo narrado y sólo muestre imágenes de los narradores? ¿Crea la voz imágenes ficticias en la mente del espectador, que se superponen a la imagen real de la película? Vous ne désirez que moi (I want to talk about Duras en su traducción al inglés) ofrece esta clase de preguntas e invita a la reflexión en torno a la posibilidad de un cine sin cine, de un espacio sin imágenes. 

La película de Claire Simon se mueve en el terreno resbaladizo del testimonio, el documental y la ficción: el testimonio que Yann Andréa, compañero y amante de Marguerite Duras, dio a la periodista Michéle Manceaux en los años 80 y que aquí es transcrito y representado en imágenes, mezcla entonces de ficción – interpretación de cómo fue la entrevista – y documental – el contenido de esta. Y lo hace en un único espacio, el despacho de Yann Andrèa en la casa que compartía con Marguerite Duras, que sirve como solitario escenario de la película a excepción de un intermedio de pocos minutos. Sentados frente a frente, los actores Emmanuelle Devos y Swann Arlaud interpretan una posible versión de la entrevista original. Y lo hacen en un espacio minúsculo, sentados frente a frente, casi siempre inmóviles, conviviendo en el espacio de la cámara, que no es más que el espacio de la conversación. A través del plano secuencia y el plano contraplano se construye esta conversación, sólo momentáneamente fracturada cuando aparecen algunas imágenes de archivo y fragmentos de películas de Marguerite Duras como India Song. Claire Simon confía en el poder de la palabra y construye alrededor de ella su película, pero también confía en la virtud de la sencillez del lenguaje cinematográfico, y en como un plano contraplano construye todo un espacio. Y en él, nacen los gestos, los movimientos, y se desarrolla la vida.

Sería por lo tanto injusto decir que Vous ne désirez que moi no es cine, o no tiene mucho cine, o es el anti-cine como algunos críticos de cierto renombre han sugerido. Calificar de cine o no una película es una aseveración mayor que requiere, como mínimo, la generosidad de una definición de lo que es el cine y lo que no por parte de quien la formula. Ante la ausencia de estas mínimas explicaciones solo podemos especular si la reducción de la complejidad de una narración clásica al mero relato oral despoja al cine de sus cualidades esenciales. Pero incluso si así fuera el caso, si esa visión extrema fuera cierta, la obra de Claire Simon contiene ideas suficientemente interesantes sobre el espacio fílmico / físico para que no se la reduzca a una mera expresión del teatro filmado. Las conversaciones, como hemos dicho, son largos planos que pendulan de un personaje a otro, destacando los gestos, las miradas y los detalles de la voz de la entrevistadora y el entrevistado. A través de esa cercanía se crea un espacio de intimidad: no estamos observando una entrevista reinterpretada, estamos asistiendo a ella. No porque sea inmersiva y atrape nuestra atención, sino porque a través del tiempo y el espacio, Claire Simon crea un lugar habitable por el espectador, que traspasa la dimensión de la pantalla. 


Aunque la transcripción de la entrevista es fiel a la versión original, Vous ne désirez que moi no se percibe como una mera interpretación de ella, sino que la resignifica al convertirla no sólo en una ficción sino en una ficción visual. Los actores trabajan la postura, la voz y la dicción tal y como ellos suponen que ocurrió en la entrevista original, pero precisamente por interpretar un papel, la frontera entre lo real y lo ficticio se desvanece un poco, y en ese espacio liberado entre las dos el espectador tiene la posibilidad de integrarse y asistir, tal vez como un discreto observador, a esa falsa entrevista, midiendo los gestos de los personajes, sus palabras, calibrando su reacción e imaginando si pudo ser así en la realidad. La película se erige entonces como un acto de escucha paciente donde lo narrado es una parte importante de ella pero no la única. Podemos pensarla como una obra sobre el arte de conversar, sobre la expresión oral, que por mera casualidad trata el espinoso asunto de la relación entre Yann Andréa y Marguerite Duras. Una obra sobre el espacio, un espacio amplio, bien iluminado, que a través de la narración se convierte en un lugar opresivo, delimitado por las dimensiones físicas que marca la distancia de la cámara a los personajes. Es en ese espacio opresivo donde se desarrolla la conversación, cada vez más angustiosa, y donde nos encontramos nosotros, lanzados directamente al centro del drama, del plano-contraplano. Solo en la mitad del relato, cuando pasa un día y la entrevistadora marcha hacia su casa, escapamos de ese lugar, la seguimos por el bosque hasta su hogar y observamos, durante no mucho tiempo – es un intermedio, nada más -, que hay vida más allá de ese relato y de la angustia de su narración.

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