Festival de San Sebastián 2019: O que arde

 

En España, mucho más que en la mayoría de países de su entorno, existen esencialmente dos filmografías que son no sólo prácticamente opuestas sino que no cohabitan ningún espacio común. El cine más comercial y el de autor viven aislados uno del otro, ignorando convenientemente su mutua existencia. Solo algunos directores de gran consenso como Pedro Almodóvar consiguen establecer un nexo entre estos dos mundos, pero la realidad es que mientras algunos cineastas como Oliver Laxe, Albert Serra o Eloy Enciso, por mencionar tres que han tenido gran éxito este año, son continuamente ignorados de la vida pública del mundo cinematográfico español, estos gozan de enorme reputación fuera de nuestras fronteras, y cosechan numerosos premios en festivales como Cannes o Locarno. Este divorcio, al que Albert Serra se ha referido en numerosas entrevistas, encuentra principalmente su origen en la decadencia de la industria cinematográfica del país. No es intención de este texto el analizar las causas y orígenes de esta situación pero las consecuencias están claras, al igual que las víctimas.

O que arde (Oliver Laxe, 2019) triunfó en Cannes ganando el Premio del Jurado de la sección Un Certain Regard. Botín mayor -y merecido- que ha tenido en los medios españoles similar repercusión a la subida del precio de las mandarinas. Podría pensarse, inocentemente -o interesadamente, según convenga- que esta película supone un desafío para el espectador inasumible y, por lo tanto, su recorrido viral y comercial es escaso – ¿Para qué promocionar lo que no da dinero? – aunque un visionado sirva para darse cuenta de que no es el caso. Alejada del hermetismo de Mimosas (Oliver Laxe, 2016), O que arde se conforma como una obra mayor y rotunda, cine absoluto, que muestra a Laxe como un cineasta mucho más rico de lo que podía parecer y a la vez deja en evidencia a aquellos que han rechazado de plano este cine.

La vuelta de un pirómano, Amador, a sus raíces en el interior de Galicia con su anciana madre es el capítulo segundo de los tres que construyen esta película, así como el eje principal de la misma. Prólogo y epílogo se enroscan alrededor de este episodio central, bebiendo de el, pero funcionando como entidades independientes, mucho más cercanas al cine experimental que al narrativo más convencional en el que se puede catalogar la historia de Amador. Imágenes de los infinitos bosques de eucaliptos que poblan Galicia de noche iluminados por la luz de las máquinas que los talan o las llamas que los destruyen. Es un cine sobrecogedor el que rodea la triste historia de Amador, un cine tangible, verdadero aún pareciendo sobrenatural. En O que arde se han filmado incendios, pero el resultado parece que ha sido el de filmar el mismo infierno. La imagen de Mauro Herce y la música electrónica que acompaña sus imágenes crean una sensación de irrealidad en todas las escenas de estos dos capítulos. La Galicia rural se convierte en mítica, indomable, a través de imágenes que se sienten y casi se pueden oler.

El contraste con la historia de Amador es patente, pero O que arde nunca se percibe como una película partida en dos. «Mi cine es muy orgánico, tangible, epidérmico. No es una voluntad, es simplemente que a mí me gustan las cosas; me gusta el mundo, me gusta el pan, me gusta cómo suena el pan cuando lo cortas, me gusta cómo cruje. Me gusta filmar caras, me gusta filmar la naturaleza. Quiero invitar al espectador a sentir esas cosas, a sentir el frío, la humedad, el calor cuando te vas a calentar… En un día de lluvia como hoy, lo que más me gusta de mojarme es el placer posterior de secar mi ropa, de poner unas castañas encima de la cocina. En el cine hay que evocar.» comentó Laxe en una entrevista, y es algo que queda patente al ver O que arde. La familiaridad que busca en su cine está muy representada en aquella que Amador busca al volver a casa de su madre. Tuesta pacientemente una rebanada de pan en la cocina mientras habla con ella, la prueba y aprieta. Su cine es el de las pequeñas cosas, honesto y franco. Hay cariño extremo y sutileza a pesar de lo aparatoso que pueda parecer el andamiaje en algunos momentos de la película. No hay ánimo de juzgar, o discurso que valga. En O que arde habla la imagen; el sonido; el paisaje; el fuego; la lluvia, y las personas. Porque aquí, sobre todo, hay humanidad.

 

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