65 Festival de San Sebastián: Mother!

 

Darren Aronofsky ha sido siempre un hombre de grandes temas. Debutó con una película sobre controlar el mismo caos y ha evolucionado desde entonces hasta la actualidad, en la que ha reinventado la biblia de dos formas distintas con Noé y con Mother!. Parece que las matemáticas y Dios se le quedan pequeñas, así que quién sabe qué será lo próximo. En cualquier caso, y aunque suene a sacrilegio u osadía, es preciso que hablemos de Mother!, la película polémica del año y probablemente el mejor ejemplo de marketing de esta temporada.

Si se acude a la crítica especializada se encontrarán textos sobre esta película en los que se pone de manifiesto lo singular de su propuesta, su atrevimiento, capacidad de transgresión y su infinita complejidad. Pero la película se ha vendido así desde el principio, desde el momento en el que se sacaron, a sabiendas, dos carteles horrorosos que provocaron airadas opiniones a un lado y otro de la frontera que separa a los aficionados a este señor y de aquellos que no le pillan la gracia. La polémica estaba servida, y se ha seguido alimentando desde entonces hasta sus mismos preestrenos y estrenos, a final de Septiembre. Nadie quiere perderse Mother!, porque se la vende como una película que «no te deja indiferente debido a su radical propuesta», así que está claro que no habrá quien sea tan loco de no tener la oportunidad de posicionarse como lover o hater.

 

 

El problema de fondo radica en lo extremadamente superficial de la propuesta si a esta se la despoja de toda la parafernalia publicitaria, basada en el hype y demás vicios contemporáneos del consumo compulsivo de productos que «cambien tu forma de ver el cine». Mother! es una película sobre la Biblia. Sin más. No es original; desde luego tampoco es una crítica a la religión, y no es ni una revisión pagana o blasfema de los textos sagrados. Simplemente es un espectáculo pirotécnico que tiene por bandera el agobio y la tensión incesante; una especie de traca final de las fiestas de tu pueblo en la que no dejan de suceder cosas durante las dos horas que dura para que no pierdas la atención y pienses, por un momento, lo estúpido que es todo. ¿Dónde habita la supuesta radicalidad de la propuesta? No creo que sea en los numerosos planos subjetivos de los pechos de Jennifer Lawrence. Tampoco creo que esa transgresión se encuentre en la cinematografía de la película, que sin ser impersonal o inefectiva, es rutinaria y repetitiva. Y, desde luego, reinterpretar la Biblia en el año 2017 no parece el colmo de la revolución fílmica.

La realidad es, que no hay nada debajo. No es desagradable si se obvian un par de escenas de infinito mal gusto en las que queda patente la pobre moral del director a la hora de tratar a sus personajes. Y no es transgresora en ningún momento. No deja de contar la historia de siempre, con los personajes de siempre, la visión masculina de siempre y la realización cinematográfica de siempre. Su radicalidad es la misma que la de Arturo Pérez Reverte clamando al cielo que es políticamente incorrecto. Cine inmerso en el establishment vendiéndose como lo contrario, como si fuera la camiseta en la que pone Soy Feminista vendida por Zara. Uno esperaría la cacareada radicalidad en cosas como la forma: una película de planos y montaje innovadores, exigentes, creativos. Pero no los hay. Tampoco hay un texto revolucionario o una revisión de los males de la sociedad contemporánea desde nuevos ángulos o desafiando a viejos dogmas. Solo hay un anuncio de dos horas de duración sobre la capacidad de Darren Aronofsky, que no es poca, de llamar la atención de la gente.

Por este festival han pasado películas infinitamente más transgresoras que esta, aunque sea simplemente por poner de manifiesto un problema, una idea, una inquietud que se sale fuera de la norma. Y sin embargo será Mother! la que cope todas las listas del festival (y del año) como el trabajo cinematográfico revolucionario desde hace ni se sabe cuanto. Recuerden, la revolución es enseñar las tetas de Jennifer Lawrence.

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