70 Festival de San Sebastián: Conclusiones

Esta septuagésima edición del Festival de San Sebastián ha sido extraña. Sobre ella sobrevolaba la sospecha de su excepcionalidad: las ediciones número 60 y 50 resultaron ser grandes conmemoraciones del festival, como manda todo múltiplo de 10: se repartieron más premios Donostia de lo normal y directores de primera línea como Paul Schrader, Adolfo Aristarain, Ben Affleck o Constantin Costa-Gavras presentaron sus nuevas películas en la Sección Oficial. Este año algunos esperábamos un despliegue semejante, aún modulado por las limitaciones inevitables de la crisis global, pero salvo ciertos nombres importantes en la Sección Oficial, todo ha sido extremadamente discreto, tanto lo estrictamente cinematográfico como lo popular. Tal vez fuera culpa nuestra esperar más contundencia; quizá la crisis es más profunda de lo que parece y un festival como el de San Sebastián, limitado en presupuesto frente a sus más directos competidores, ha sufrido como nunca el efecto de los dos últimos años.

Sin embargo, más allá del asunto del glamour y la mediatización del Festival, que pueden tener importancia a nivel de márketing pero no me interesan demasiado, San Sebastián ha dejado algunos titulares alarmistas, que no son causa directa del problemático momento económico, lo que los hace, si cabe, más preocupantes. El más importante trata sobre una cuestión que se ha dejado entrever desde hace unos años, se hizo más evidente en la edición de 2021 y se ha materializado en 2022: el Festival no tiene una línea de programación concreta, no sabe qué clase de festival quiere ser ni sabe, parece ser, qué tendencias existen en el cine contemporáneo, qué autores traer y qué tiene cada sección que decir sobre sí misma. Más allá de la Sección Oficial hay cuatro grandes secciones: Nuevos Directores, con trabajos noveles; Horizontes Latinos, con cine latinoamericano; Perlas, con grandes películas de otros festivales, y Zabaltegi, con películas más radicales. Las definiciones están claras pero salvo Perlas, cuyo contenido depende mucho de las mareas de la industria de distribución española, las películas que conforman estas secciones no tanto. De hecho, han sido completamente intercambiables: La ganadora del festival, Los reyes del mundo, ha entrado en Sección Oficial, pero podría haber estado igual en Horizontes Latinos o incluso Zabaltegi; Diarios, de Andrés di Tella, apareció en Zabaltegi, ¿por qué no Horizontes Latinos?; Runner, ópera prima de Sección Oficial encajaría igual en Nuevos Directores o, debido a su carácter casi experimental, en Zabaltegi. Otros años, cuando una película tenía posibilidad de acabar en una sección u otra, normalmente era la trayectoria del director, la calidad de la película o su renombre, la que dictaba esto. Es un tema siempre abierto a discusión pero si el nivel de las películas es alto, y sus características quedan definidas dentro de los límites de cada sección, las razones de su inclusión en una u otra sección se pasan por alto. Este año, el nivel de estas tres secciones ha sido tan bajo, y ha estado tan lleno de directores desconocidos – algo que no es malo si se seleccionan por méritos cinematográficos, no ha sido el caso – que uno sentía la sensación de estar viendo solo una misma gran sección repleta de descartes de otros certámenes. Si bien la Sección Oficial ha sido algo más mediática, no se ha librado de la pobre cosecha de sus grandes nombres, que a excepción de Hong Sang Soo, han dejado algunas de sus peores películas. Si no hubiera habido un año tan fecundo en el cine español, ¿qué habría sido de este festival? Porque fuera de Jaime Rosales, Fernando Franco, Sangsoo, Honoré o Alberto Rodríguez, no ha habido prácticamente ningún descubrimiento, ningún gran acierto de programación. El scouting del Festival parece perdido sobre todo en cuanto a la programación de películas asiáticas se refiere: La inclusión en Sección Oficial de A woman es sorprendente en casi cualquier festival, más aún en la Sección Oficial de un Festival de clase A que se supone que quiere competir con sus pares. Es un tanto preocupante la resistencia de ciertos nombres famosos de la industria a entrar en el festival y preferir secciones paralelas en otros festivales de Clase A. Es lógico pensar que San Sebastián no puede competir con Venecia o Berlín, ¿pero tampoco puede competir con sus secciones paralelas?
Este proceso parece ir hundiendo mediáticamente al festival, que casi parece más un espacio de preestrenos de la industria española que un festival internacional de cine. Este año ha ganado Los reyes del mundo, una de las mejores películas de la Sección Oficial, que no es decir mucho tal vez, pero es una buena obra, una película interesante y con ideas. Y tiene la fortuna de que se va a exhibir y a ver en plataformas. Esto, que parece obvio para la ganadora del Festival, no ocurría desde 2018. La ganadora de 2021 debe haber sido vista por 20 personas fuera del festival en España; la de 2020 poco más o menos, y en 2019 ganó Pacificado de Paxton Winters, una película que no es que se estrenara, es que es directamente imposible de piratear. Una película perdida que nadie tuvo interés en exhibir ganó uno de los festivales más importantes del mundo. Este nivel de exposición mediática es insostenible a largo plazo si se pretende – que por supuesto no lo sé – no sólo no perder relevancia sino tener algo que decir en el ecosistema de festivales contemporáneo. No queda lejos la excepcional edición de 2019, y las notables ediciones anteriores, por lo que lo justo será achacar principalmente este bajón a las consecuencias pandémicas. Pero también alertar del camino oscuro al que se puede dirigir el festival si continúa transitando una senda que no lleva a ninguna parte, y que sirve, si acaso, para engordar los bolsillos de los productores y distribuidores españoles.

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