69 Festival de San Sebastián: Unas consideraciones sobre los premios

Tras un merecido periodo de reflexión de más de una semana podemos observar el palmarés del festival con otros ojos, sin el barullo y la inmediatez con los que se emiten los juicios en el fragor del certamen. Un palmarés que ha resultado ser menos polémico de lo que parecía a pesar de los esfuerzos de algunos por hacerse notar. En el primer año en el que se elimina completamente – y con atino – la distinción de género de los premios interpretativos, había quien auguraba una súbita invisibilización de la mujer. No ha sido el caso, ni aquí ni en Berlín, e incluso en las categorías en las que la división por género ya no existía – todas las demás – las mujeres han arrasado, con la excepción del premio a mejor guion que se ha llevado, de forma merecida, Terence Davies por Benediction.

La invisibilización de la mujer ha sido sustituida, entonces, por la invisibilización del hombre. Ha habido quién, al ver que este año casi ningún hombre era premiado, han cambiado el discurso 180º y han comenzado a anunciar cómo el cine se empieza a desintegrar, por primera vez en su historia, fruto de la dictadura de lo políticamente correcto, las dinámicas cancelatorias del feminismo y, como ha mencionado el desertor Boyero, para que “las causas de moda se afiancen con productos impresentables, pero que pueden recibir convenientes subvenciones”. Esta insoportable injusticia en la que un sólo género recibe casi todos los premios del festival se ha hecho sorprendentemente evidente este año, pues nadie reparó en ella cuando aquellos que ganaban de forma sistemática pertenecían al género masculino. Si bien debemos celebrar la recuperación del sentido de la vista en la crítica profesional tras tantas décadas en la oscuridad – algo que también explicaría los juicios de estos hacia ciertas películas -, deberíamos detenernos antes en el argumento, curioso cuanto menos, con el que estos críticos analizan las películas ganadoras, pues asumen que la calidad de estas, que consideran baja, es algo indivisible del género de las directoras. Es decir, que si han ganado y son malas, es que han ganado por decreto, como si todas las victorias de hombres en estas clase de festivales fueran incontestables y unánimes muestras de juicio crítico.

La realidad, menos conspiranoica, sugiere que la calidad, la estética de las películas ganadoras, poco o nada tiene que ver con el género de sus productoras y directoras. He podido ver casi todas las películas que se han alzado con premio en este festival a excepción de la ganadora, Blue Moon, de Alina Grigore y Quién lo impide, de Jonás Trueba. Sin embargo, por lo que escuché de la primera, y habiendo visto otras dos de las ganadoras más importantes, As in heaven, que se llevó el premio a mejor dirección para Tea Lindeburg y mejor interpretación protagonista para Flora Ofelia Hofman Lindahl, y Earwig, que ganó el premio especial del jurado, sospecho que Blue Moon tendrá similitudes narrativas y estéticas con estas dos películas. Sea como sea, estos premios reafirman el ensimismamiento del cine de festivales: películas durísimas, crueles, antipáticas, violentas son premiadas en Cannes o San Sebastián. Un cine condenado a no ser más que su propio discurso – visual, político -, a nacer y morir en el seno de un festival de cine. A día de hoy la ganadora del festival no tiene distribución en España, y me sorprendería descubrir que Earwig sí la tenga. 


Esta dinámica no es nueva, ni siquiera reciente, pero está condenando a los festivales de cine a una cierta irrelevancia, acentuada en aquellos que no tienen poder mediático suficiente para trascender las fronteras del estado que los acoge, como el Festival de San Sebastián. Sus programaciones no dejan de ser ejercicios de solipsismo que solo tienen sentido dentro del propio festival. ¿A quién le interesará, fuera de este, Earwig? No insinúo que deban premiarse las películas más comerciales sino que debería repensarse la forma en la que se seleccionan y premian las películas, obras que no convencen ni a crítica ni al público y terminan guardadas en un cajón hasta que las reponen en un cinefórum años después. Obras que tampoco son ejercicios artísticos vanguardistas, o ejemplos de cine marginal, sino que simplemente obedecen a dinámicas de esa segunda industria del cine que sobrevive de festival en festival. Tal vez si la crítica hubiera estado más ocupada en las películas y menos centrada en la guerra ideológica que mantienen contra el enemigo imaginario de la dictadura de lo políticamente correcto habríamos tenido ahora análisis más interesantes sobre la pertinencia, calidad y recorrido de unos premios que han sido interesantes solo a nivel sociológico.

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