69 Festival de San Sebastián: Benediction

Hace algún tiempo leí a alguien – no recuerdo quién, ni dónde – comentar que la gran virtud del cine Edward Yang se encontraba en el encuadre, que siempre parecía el más natural, el más correcto de todos. Filmaba como si sólo existiera un único lugar posible para posicionar la cámara. Una perspectiva casi instintiva. Y aunque se trata de una consideración un tanto esencialista, revela información interesante al respecto de cómo percibimos ciertas estructuras cinematográficas. Tal vez se podría pensar de forma similar con el cine de Terence Davies, uno de los más trabajados y controlados de la actualidad. Sus películas son el ejemplo de que el talento, el genio por decirlo de alguna manera, se confunde a menudo con el trabajo y la insistencia. Su obra es un ejemplo de esto, sencilla en cuanto a sus formas, pero de profundo calado artístico. Como un virtuoso – qué palabra tan horrible – músico que domina sólo un instrumento, pienso que Terence Davies ni quiere ni necesita utilizar demasiados recursos cinematográficos, y en vez de saturar su cine con imágenes de apoyo prescindibles, lo depura lo máximo posible, simplificando – y por lo tanto, amplificando – la estructura de sus películas, y dominando los elementos más simples de la práctica cinematográfica. Confía totalmente en el poder de la imagen y del montaje, pero lejos de ofrecer una mirada conservadora ante las posibilidades del cine, transita con cautela, pero definitivamente hacia adelante, explorando la potencia del medio.

Benediction, al igual que sus películas previas, muestra de forma clara esta falsa tensión entre una aproximación sencilla – no simple – al poder expresivo del lenguaje cinematográfico y la exploración de nuevos caminos de representación. A través de la historia del poeta británico Siegfried Sassoon, Davies desarrolla todo un espectáculo de contención y precisión pues, como casi todo su cine, el sustento es la puesta en escena. La vida de este poeta es construida a través de largas conversaciones, organizadas en torno a un – en apariencia – simple juego de planos-contraplano, que sin embargo – y esto no será novedad para todo aquel que conozca su obra – están montados de una forma armoniosa, musical. Obviando las consideraciones aritméticas de la música, al ver Benediction pensé en la sencillez y la precisión con la que un músico interpreta una partitura. En el caso de la música, las reglas por las que se organizan las notas están claras tanto para el intérprete como para el oyente. Benediction, sin embargo, esconde para sí el misterio de su funcionamiento interno, de su armonía. Los espectadores no podemos más que especular sobre los mecanismos con los que se ha alcanzado un resultado tan armonioso, tan perfecto.

Y de nuevo, esta forma de filmar, nunca gratuita, se revela casi evidente en el caso de Benediction – al igual que en cualquiera de las películas de su filmografía. Siegfried Sassoon, marcado por su homosexualidad y por su participación en la I Guerra Mundial, y teniendo en cuenta su condición de escritor, se expresa, claro, mediante la palabra. El cine de mínima acción de Davies alcanzó su quintaesencia cuando sus películas se enfocaron en personajes donde lo hablado y lo escrito era la primera – y tal vez la única – manera de acercarse a ellos. Conversaciones y conversaciones construidas a través del plano-contraplano, mediante el corte y el punto de vista. La historia de sus dos últimas películas, la historia de Emily Dickinson y Siegfried Sassoon no cuenta solo sus vidas, también habla de cómo representarlas, y de cómo la palabra tiene un espacio en la imagen, aunque algunos piensen que son elementos antitéticos. Al margen de las consideraciones alrededor de la brillantez de su guion – que sin duda lo es, y no porque fuera galardonado con un premio durante el festival – Benediction funciona – ¡otra palabra feísima! – porque su montaje se adapta a la cadencia y a las estructuras de la poesía de estos dos autores en una hermosa simbiosis entre dos artes un tanto diferentes. No me interesa referirme al cine de Davies en términos mecanicistas, pero es difícil no comparar su trabajo con el de un músico, o el de un relojero. Creo que es más correcto, y mucho más interesante, pensar en su cine en términos menos rígidos y clínicos, más orgánicos. Asumir que si tal vez en un poema la posición de las palabras es un proceso que escapa al entendimiento del lector, en el cine de Davies las imágenes dialogan entre sí, aparecen y desaparecen de la misma forma: en un proceso que para el espectador se revela casi instintivo.

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