69 Festival de San Sebastián: Azor

Azor se aproxima a la dictadura Argentina desde el mismo punto de vista paranoico que otras películas previas como Rojo (Benjamin Naishtat, 2018) o La larga noche de Francisco Sanctis (Andrea Testa & Francisco Márquez, 2016). Recuerdo a esta última construida en planos cada vez más cerrados, oprimiendo a los personajes – al protagonista, en último término – en espacios más y más claustrofóbicos, en contraposición con Azor, que hasta su último tramo es abierta, limpia y luminosa. Más allá de los diferentes estilos y enfoques que puedan tener estos directores, existe una diferencia clara en la base de estas dos películas. La primera de ellas cuenta la historia de un hombre corriente en el seno de la dictadura; la segunda, la de unos banqueros suizos que viajan a Buenos Aires a resolver unos negocios. Un viaje de negocios y casi a la vez unas vacaciones en la París de América para el protagonista, uno de los dueños del banco. La clase alta extranjera aproximándose a la dictadura que la clase media o baja local sufre desde dentro.

Es entonces claro que el optimismo que transmiten las imágenes de Azor – al menos, en un principio – se busca en la propia narración, en el mismo personaje protagonista, que se va viendo envuelto en la idiosincrasia de la dictadura poco a poco pero que, hasta entonces, intenta mantener una serena ilusión y profesionalidad. Casi como si pensara que el dinero puede resolverlo todo, trabaja sus relaciones personales – y la película, construida a partir de esto, bien lo representa – como un hombre de negocios, hasta el punto, claro, donde se evidencia que la permeabilidad de su banco a los asuntos de la dictadura ha sido mucho más profunda de lo que pensaba, y un atisbo de perplejidad comienza a adueñarse de él, del relato. En cierto modo posee un desarrollo parecido a las otras dos películas mencionadas, que de una forma muy somera se puede describir como un recorrido desde el confort de lo conocido hasta el vértigo de lo extraño. 


La dictadura se representa ante estos personajes no como una evidencia histórica clara – que lo fue – sino como un entramado apenas sugerido, un poder en la sombra que lo controla todo, cada pisada, cada palabra. La paranoia es la clave que une estas tres obras, que sugieren más que muestran, pero en cualquier caso no se esconden en la representación de la represión, ni buscan un equilibrio en la forma de mostrar las contradicciones que pudiera tener la sociedad en la época de la dictadura. Son películas, en cambio, cerradas sobre sí mismas. Pequeñas historias de individuos en el seno de esa época, que no pretenden mostrar el macro-funcionamiento del sistema, sino sólo el de algunas de sus partes, como pequeños engranajes de restitución histórica. Azor reniega de una aproximación a la dictadura desde lo comercial: los silencios y miradas de la película y lo laberíntico de algunas de sus conversaciones, o lo estático de sus imágenes, nos invitan a observar e imbuirnos de la intriga, pero de una forma lenta y sosegada, como si el misterio, que poco a poco se desvela, lo hiciera casi en tiempo real, ajeno a la urgencia del entretenimiento, fielmente comprometido con la realidad.

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