Nuclear family: amor en el fin del mundo

Navego por el instagram de Travis Wilkerson. Es privado, pero me ha aceptado esta mañana, pocas horas después de enviarle la petición de seguimiento. Nunca hemos hablado, pero ahora tengo acceso a una parte privada de su vida, y a la vista de las imágenes, de las estampas familiares que lo pueblan, acompañadas a veces de algún titular político o una imagen de rodaje, parece que tengo acceso a una parte íntima de ella. Es extraño entonces que haya aceptado mi solicitud, la de un desconocido, un curioso y un fan, a esa pequeña representación de su vida privada:  las fotos de su familia, de sus tres hijos y su mujer, Erin Wilkerson, son las de una familia nuclear prototípica. Con ella viaja a través de Estados Unidos para construir su última película, Nuclear Family (dirigida por Erin y Travis), y por sus fotos viaja mi mirada, preguntándome cómo tuvo que ser ese viaje, más allá de lo que deja entrever la película.

Pienso también en Desierto sonoro, de Valeria Luiselli, que narra el viaje de otra prototípica familia en proceso de desintegración. Dos viajes, pues, a través del oeste de Estados Unidos. La familia Wilkerson buscando silos nucleares, buscando las cicatrices de la Guerra Fría en el territorio del país; la otra familia, sin apellido, buscando los sonidos de la ausencia; los ecos de la inmigración y el genocidio. Dos obras que ponen de manifiesto que la única manera de poder asimilar la realidad de Estados Unidos es a través del viaje, de la road movie o el road book, pues de esta forma se pueden unificar las singularidades de cada estado, de cada condado, en una suerte de realidad histórica maltrecha. Son obras similares, o localmente paralelas, que llegado un punto empiezan a divergir, a separarse un espacio prudencial pero no definitivo. 

Erin y Travis Wilkerson, que conforman Creative agitation – y así acreditan la película -, rebuscan en el paisaje los signos del apocalipsis que anticipaba la Guerra Fría. Detrás de las colinas, los matorrales o los pueblos del viejo oeste ahora reconvertidos en atracción turística se encuentran unos recintos pobremente vallados, improbables lugares del origen del fin del mundo. Y sin embargo así se presentan los silos nucleares, y así están presentados en la película, contrapesados por la presencia de la simpática familia de los directores, en la representación de un destino indivisible: el de los habitantes de Estados Unidos y el de la historia de su país. Travis Wilkerson siempre ha buscado una suerte de redención personal respecto al pasado de Estados Unidos, procurando restituir la dignidad perdida o arrebatada a su paisaje y a los que lo habitan. Poco a poco esa restitución se hizo más personal, y pasó de forma clara a su entorno familiar, primero en Distinguished Flying Cross (2011), más tarde en Did you wonder who fired the gun? (2017). Siempre crítico con su familia – lo es hasta la delirante primera escena de Nuclear Family – Travis Wilkerson se da un respiro y construye, junto a su mujer, una tierna historia de reivindicación familiar marcada, necesaria y voluntariamente, por la ahora ausente guerra nuclear.


Valeria Luiselli, que narra también el viaje de esta otra familia, desde Nueva York a los estados fronterizos con México, mostrará, frente a la afinidad ideológica de Erin y Travis Wilkerson, el distanciamiento de los progenitores por un motivo tan importante y la vez tan irrelevante como la diferencia de enfoque en su trabajo como documentalistas sonoros. Lo que en un principio parecen diferentes aproximaciones al sonido, diferentes destinos como colofón a un viaje compartido, se van conformando, poco a poco, como una diferencia insalvable donde el aglutinante es, irónicamente, la relación entre sus hijos – hermanastros, cada uno de un progenitor diferente -, que parecen ser el único pilar que mantiene unida a esa familia nuclear. Aunque la historia de Estados Unidos intercede en la historia de estas dos familias, en Nuclear Family se anticipa una armonización entre el paisaje de Estados Unidos y la relación de la familia Wilkerson con este. En Desierto sonoro, la misma historia del país se revela simplemente demasiado terrible e injustificable como para que a través de ella se pueda concebir el amor.

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