First cow

De todos los supervivientes de ese término difuso y normalmente mal definido llamado cine independiente norteamericano, Kelly Reichardt está consiguiendo destacar a base de no destacar en absoluto. Un par de incursiones en los certámenes de Venecia y Berlín son el bagaje festivalero detrás de esta improbable heredera del cine experimental, que ha presentado este año en la capital alemana First cow, y, como toda buena película independiente, ha terminado desfilando sin rumbo durante unos meses hasta aparecer en una plataforma VOD de Estados Unidos. Acabará estrenándose en España, quizá al año que viene si es que todavía existen los cines. Una o dos salas en Madrid y Barcelona y un par de apariciones en festivales de barrio son quizá el recorrido que le queda a la película de Reichardt. Y gracias, porque aún más desapercibido pasó su anterior trabajo, Certain Women, que tuvo eso sí mucho éxito en los premios que otorgan los círculos de críticos de Estados Unidos, eventos creados para lavar las conciencias de la profesión que acude, como padre ausente, una vez al año a pasar el fin de semana con el hijo de su anterior matrimonio.

En cualquier caso supongo que debemos celebrar la existencia de First cow, es decir, que Kelly Reichardt siga teniendo suficiente prestigio, contactos o lo que se necesite para poder sacar cada 4 años una película. Ya es más de lo que muchos otros pueden esperar incluso aunque ajusten su presupuesto tanto como parece que lo ha hecho ella en esta película, en la que solo hay un actor internacional (Toby Jones) y todo está filmado en lo que parece ser el mismo lugar, la orilla de un río de Oregón. Por desgracia los 100.000 dólares que la película ha recaudado en su exiguo estreno en suelo estadounidense supongo que no cubren ni remotamente los costos de producción y desde luego no facilitaran los futuros trabajos de la directora.

No me voy a lamentar por un futuro que todavía no existe, pero es una verdadera lástima ver como su cine, que todavía nos permite respirar en tiempos de asfixia, parece destinado a ir desapareciendo junto con el de directores como Dan Sallitt, o incluso el Ira Sachs de Frankie. La velocidad de este siglo no parece adecuada para aquellos que busquen la paz y la cesura, que deben mirar hacia el este, hacia China, Taiwán o Corea, baluartes del cine minimalista, del cine aburrido o del slow cinema, según a quien se le pregunte. Para aquellos que busquen algo parecido en Estados Unidos deberán detenerse en el territorio de James Benning o Lee Anne Schmidt, Laida Lertxundi o Peter Hutton, a quien Kelly Reichardt dedica un hermoso homenaje en la película. Pero todos estos autores trabajan en los campos del experimental y documental, terreno de proscritos alejado de cualquier pretensión de éxito. Por eso es motivo de alegría el estreno y relativo éxito de First cow, aunque sea a la vez lamentable que se trate de un hecho casi excepcional.

En cualquier caso no es una película contemplativa, otro de los adjetivos con los que se define a menudo el cine asiático, ni recuerda a éste cine en absoluto; es una obra detallista y elaborada, como casi todas las películas de la directora, aunque guarda más similitudes con Meek’s cutoff que con el resto de su filmografía. Tampoco existe en ella intento de exageración o hipérbole, ni busca tratar grandes temas o elaborar un perfil psicológico de los protagonistas, caminos por los que acostumbra a guiarnos a menudo el cine ambientado en zonas rurales; es una obra sobre la amistad y sobre el azar, en sus formas más puras, que lleva a los dos protagonistas, un cocinero y un inmigrante chino, a mantener una improbable relación en un territorio agreste, completamente ajeno a ellos. Todo se mueve con paso firme y durante la primera hora de la película, en la que parece que no ha pasado mucho -aunque ha pasado todo- los dos protagonistas comenzarán la empresa que sugiere el origen del título de la película. La primera vaca en llegar a ese lugar inhóspito en las montañas de Oregón, capricho de un terrateniente inglés alejado de sus costumbres, da título a la película y evidencia a la vez que a Kelly Reichardt le interesan cosas que están muy alejadas de lo normal. La obra podría haberse titulado de cualquier otra forma, por ejemplo con un nombre grandilocuente, similar a El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, uno de los últimos grandes western, y sin embargo ha optado por nombrar la película así, de la forma más sencilla posible, con un elemento importante en la película pero no central; un animal que es más un objeto que un personaje, numerado en la lista de bienes de un campamento; el origen de todo y el origen de nada.

Esta reivindicación de lo sencillo ilumina la filmografía de Reichardt desde múltiples ángulos. Desde su reiteración en el uso del formato clásico de 4:3, siempre encuadrados con belleza y prácticamente sin movimientos de cámara, con el que repite en First cow para encontrar un punto de vista estático, y frecuentemente alejado de la acción, escondido detrás de las ramas o de los árboles, hasta su interés en filmar en 35 mm, recuerdo analógico en vías de extinción, todo recuerda a un trabajo manual, de artesanía más que de arte. Desprende el cariño de quien cree verdaderamente en lo que hace, de quien le confiaría la vida a sus propios personajes, esos dos viajeros extraviados repletos de bondad que parecen sacados de una canción de Townes van Zandt. Esto requiere el sacrificio del tiempo y la atención; detenerse en el camino a observar y escuchar, no solo a contar, pues las películas también deben tener el espacio para hablar por sí mismas, a través del espacio, del montaje, de la luz y del sonido.

Hay un género musical que me gusta mucho, heredero de la música country a la vez que de la música clásica india. Se denomina primitivismo americano y generalmente no consiste en mucho más que una guitarra y unas partituras más o menos elaboradas. Al escucharlo inmediatamente recuerda a aquello que su nombre sugiere: el interior salvaje de Estados Unidos, los paisajes vírgenes, aún no destruidos por la civilización de los estados del norte. Invita a observar pacientemente cómo las notas evolucionan poco a poco y, lentamente van construyendo algo, que no tiene que ser grande o profundo, pero sí genuino, táctil. Es una música que existe por sí misma, parece casi natural que sea como es y que recuerde a lo que recuerda. El compositor de First cow es William Tyler, uno de los más importantes guitarristas de este género musical y, aunque su música no suena a menudo durante la película, se acopla perfectamente a ésta porque ambas esconden el mismo espíritu: una visión primitiva, por olvidada y denostada, del arte.

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