Festival de San Sebastián 2019: Parasite

 

Cuando Bong Joon-Ho empezó a dirigir películas en los años 90 del siglo pasado, la nueva ola de cine coreano, como llaman algunos a la explosión de la industria cinematográfica local que ocurrió en Corea del Sur por aquella época, había estallado. Los motivos de este movimiento tienen su base en la instauración del gobierno democrático de 1987 y las posteriores reformas económicas y sociales que acontecieron. La búsqueda de un cine alejado de lo que se hacía hasta el  momento y que permitiera acercarlo más a los problemas sociales imperantes motivó la aparición de directores rupturistas con el status-quo cinematográfico, de forma más o menos similar al movimiento del nuevo cine taiwanés unos años antes.

Este cine, centrado en las relaciones políticas y económicas de la sociedad terminaría siendo mayoritariamente conocido solo unos años después de su concepción como un cine de thrillers violentos, en los que las dinámicas de poder y crimen de la sociedad quedaron plasmadas. A pesar de que esta ola de cine ha traído películas de diferentes temáticas, es razonable pensar que las más conocidas (por ser las más populares) han sido estos thriller, que bien tratando temas políticos o bien hablando de la psicología de asesinos en serie, han provocado una pequeña revolución cinematográfica tanto allí como en el resto del mundo. Las razones de esta popularidad se pueden encontrar en la singularidad que este tipo de películas tienen respecto a los thriller más conocidos de Hollywood (y más específicamente si los comparamos con aquellos de los años 80 y 90). Frente al academicismo americano, en Corea aparecieron películas sucias, de estructura aparentemente inconexa y en muchos casos, formalmente poco rigurosas. Alejadas de lo que sería ese género en la época y aún más alejadas de lo que es ahora.

Bong Joon-Ho debutó con Incoherence (1994) pero su reconocimiento global le llegaría durante el Festival de San Sebastián de 2003 en que ganó la Concha de plata a Mejor Director por Memories of Murder (2003). Ese mismo año, Park Chan-Wook estrenaría su película más reconocida, Oldboy. Ambas películas marcarían el inicio de la segunda parte de la ola de cine coreano. O quizá la verdadera ola terminó este año, y empezó algo totalmente distinto pero en cualquier caso 2003 fue un punto de inflexión en Corea del Sur clave para entender la idiosincrasia actual de su cine, y por extensión el último trabajo de Bong Joon-Ho.

La carrera de este director es interesante por muchos motivos. Esta se puede entender como la propia evolución del cine coreano en el siglo XXI. De sus inicios en los años 90, con un cine social, alejado de influencias externas a la actualidad, con Parasite, donde certifica que tanto el como gran parte de sus coetáneos han aceptado y asimilado la estética del cine popular contemporáneo. La Doncella (Park Chan Wook, 2016), Okja (Bong Joon-Ho, 2017) o Burning (Lee Chang-Dong, 2018) demuestran que incluso aunque las temáticas de las películas sean paralelas a aquellas de los primeros años del siglo XXI, la influencia externa de Hollywood y las VOD son fuerzas demasiado grandes para que una industria con tanto potencial económico pueda ignorarlas. Parece que la “nueva ola de cine coreano” ha evolucionado desde un cine pobre o popular, con escaso potencial económico y una tenue visibilidad fuera de los circuitos especializados a lo que es hoy en día: una maquinaria cinematográfica.

Pero alcanzar el sueño de la globalización y el éxito ha supuesto un peaje para este cine, que ha perdido parte de la personalidad que ha ido atesorando estas décadas en favor de la estética dominante. Hollywood y Netflix marcan la pauta, y existen ciertos códigos que hay que seguir. De ahí la sensible diferencia entre las primeras películas de la carrera de Bong Joon-Ho y aquellas que dirige en la actualidad. La que nos ocupa, Parasite, se asemeja poco, en un rápido vistazo, a las primeras producciones del director coreano. Quizá sea simplemente un problema de presupuesto pero la diferencia salta a la vista. De la suciedad de sus primeros trabajos a la nitidez de Parasite, una película impoluta y calculadísima. Una película de diseño.

Y es que incluso su propia estructura interna y guion recuerdan también a la evolución del cine en Corea. O si, se quiere, a esas dos visiones opuestas de cine y el la evolución de una a otra. En Parasite, una familia humilde y con evidentes dificultades para llegar a fin de mes encuentra la posibilidad de conseguir un trabajo medianamente estable y digno aprovechándose de la ingenuidad de una familia rica. El hijo de los primeros acude a dar clase de inglés a la hija mayor de los segundos y encuentra la posibilidad, mediante la picaresca, de colocar a toda su familia llevando a cabo diferentes tareas para sus nuevos empleadores. De este modo, la familia humilde irá asimilando poco a poco las costumbres de la clase alta. Bong Jong-Hoo muestra este ascenso pasando de la humildad y suciedad del barrio de origen de la primera familia a la suntuosidad y limpieza de la mansión de los millonarios. Allí los planos son más amplios, estéticos, abarcando todo el volumen de cada estancia de la casa, frente a aquellos filmados en el bajo de los protagonistas, que son por necesidad y convicción muchísimo más cortos y despreocupados. Dos formas de filmar en una misma película.

Según la trama se va desmadrando de forma controlada se evidencian las costuras de la película. Lo que puede parecer una sátira de las relaciones de producción y consumo entre clases queda suspendida y supeditada al espectáculo pirotécnico. Al igual que ocurría en Snowpiercer, la crítica social termina desdibujándose en favor de un desenlace sorprendente para terminar siendo una sombra de lo que podría haber sido. La parábola política de Parasite, al igual que la de Snowpiercer, no pasa del boceto y solo tendrá interés para aquellos que quieran justificar su interés en esta película, retorciendo y estirando la premisa en la que se basa. Las intenciones de Bong Jong-Hoo son mucho más festivas y livianas, como lo han sido en gran parte de su filmografía. Incluso aunque ha partido de premisas políticas o sociales como en Okja o en la propia Snowpiercer, su cine no tiene un interés político muy profundo. Parasite no es una excepción. Su contacto con las relaciones entre clases es tangencial como mucho. Pero además no muestra honestidad al respecto. Habla de las relaciones de clase de forma satírica pero es, ante todo, una película construida hacia lo comercial. Si la familia protagonista se sitúa en lo más bajo, viviendo en un sótano, Parasite, como película, habita en los barrios más lujosos, donde los valores de producción son inmaculados. No hay nada de malo en todo esto, simplemente la sátira se difumina y se convierte en una excusa para lo que sí parece que quería hacer Bong Jong-Hoo: montar una fiesta. Pasar de lo pobre y lo sucio a lo impecable y lo limpio. De la pobreza a la riqueza. De Corea a Hollywood.

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