Céline Sciamma: la revolución interior

 

En la idiosincrasia actual, cada vez resulta más complicado que los directores europeos tengan posibilidad de destacar dentro de la industria cinematográfica regional. Forma y modos de producción se estandarizan para dar lugar a montones películas muy similares entre sí; algo paradójico si tenemos en cuenta que cada vez existe una mayor libertad a la hora de filmar: el digital ha democratizado el cine, pero como contrapartida, el neoliberalismo lo ha vulgarizado. El término “película de festival” se ha acuñado en el seno de la crítica como una forma irónica de referirse a filmes que contienen ciertos parámetros que, generalmente, son del agrado de jurados y asistentes a estos eventos. Películas que viven para festivales y mueren dos meses después, en la primera sesión de unos cines en versión original de una gran ciudad europea.

Si este panorama no es ciertamente halagüeño para nadie cuya carrera pueda estar en entredicho, o para aquellos que no tienen la fortuna de conseguir con facilidad financiación para sus películas (¿quién la tiene, hoy en día?), al menos provoca que, por comparación, directores que no tendrían mucho recorrido en situaciones normales, puedan destacar por encima del decepcionante término medio y hacerse un hueco que en otra época tendrían prácticamente vetado. Tal es el caso, por ejemplo, de Céline Sciamma, directora francesa que ha sabido moverse como pez en el agua en el siempre complicado y exigente circuito de festivales europeo para acabar entrando, enamorando y ganando en Sección Oficial de Cannes este año con su drama romántico Portrait de la jeune fille en feu (2019). Ya desde el mismo título de la película se adivinan de nuevo dos de los temas recurrentes en su filmografía, y centros temáticos de sus dos últimas películas: la juventud y la mujer.

En Tomboy (2011) Celine Sciamma muestra unos cimientos argumentales y visuales que repetirá en Bande de filles (2014),su anterior película, y que parten de una observación honesta y cariñosa de sus propios personajes. Las dos películas, aunque de temática diferente, entroncan hacia lo mismo: la insatisfacción de una mujer (niña en el primer caso) respecto a un tema capital en su vida (el cuerpo/la libertad). Su cine es, pues, un cine de cambio, de revolución interior y de inconformismo con el presente. Existe una tensión entre los personajes y el entorno que se destruye debido a estos cambios. Pero, y aquí viene algo que quizá hace destacar a esta directora, es que esa energía no se traduce en unas formas cinematográficas maximalistas, si no todo lo contrario. Se puede decir que Sciamma concentra todo su cine en el rostro de sus personajes, a quienes encuadra de forma sencilla en preciosos primeros planos. Poco amiga de los planos rápidos o la cámara en mano, parece estar decidida a despojar a la imagen de cualquier artificio que pueda desviar la atención de los personajes. Estos son lo importante, la esencia de su cine.

 

 

Es por esto que la protagonista de Bande de Filles esté encuadrada en multitud de ocasiones contra una pared de un color plano, sin ningún elemento más. En estos momentos, Sciamma desnuda la imagen de cualquier elemento artístico o estético que no sea el personaje al que filma. Este minimalismo, más notorio en Bande de Filles que en Tomboy (y probablemente más aún en su nueva película), recuerda vagamente a la evolución del Almodóvar más reciente, quien cada vez minimiza más la narrativa y el discurso para quedarse con los elementos cinematográficos más básicos. Sciamma obra de forma similar, simplificando la historia que narra hasta formas más simples: tanto en Tomboy como en Bande de Filles existe un hilo conductor que no es más que una sucesión de situaciones que permiten desarrollar el cambio en los personajes. No se intenta contar nada que no sea la propia evolución y psicología de estos. Hay un nudo, claro, pero este parece más un medio que un fin.

Es por esto que existe un refinamiento progresivo en la mirada de Céline Sciamma. Aunque de los puntos de partida de su cine hasta el momento se esperaría más suciedad (la adolescencia, el despertar sexual), su mirada es limpia e inteligente. Lo suficiente, al menos, para haber podido distanciarse de sus contemporáneos en el mismo terreno de juego. Ha aprovechado el impulso que da el cada vez mayor prestigio del cine femenino/feminista para posicionarse en el punto intermedio entre el desconocimiento del gran público y la exposición mediática; ese lugar donde todos quieren saber más de ella y de su cine, y donde sentirse privilegiado por poder ver desde el principio el posible nacimiento de una interesante carrera.

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