Festival de San Sebastián 2018: Leto

 

La relación entre la música y el gobierno de la Unión Soviética fue tremendamente compleja, accidentada y violenta. Los movimientos y géneros musicales considerados adecuados eran escasos y restringidos, y genios como Shostakóvich tuvieron que autocensurarse y metamorfosear para poder adaptarse a las exigencias de los políticos. Si esto sorprende con una corriente musical tan socialmente aceptada en el siglo XX como es la música clásica — así como las variantes que se fueron dando conforme avanzó el siglo, siendo estas las que más reticencias despertaban en la Unión Soviética — tuviera tantos problemas para pervivir de forma más o menos libre, qué ocurriría con otras corrientes mucho más underground, como el rock o el punk. La respuesta es que hasta la caída de la Unión Soviética, tanto el número de bandas como su impacto fueron muy pequeños. Pequeños, pero en ningún caso despreciables. Si bien comparado con la efervescencia musical de los 80 en Centro Europa o Estados Unidos, la escena musical de la URSS puede quedar en un segundo plano, de ese clima de censura y amenaza existente surgieron algunos grupos que a la postre tendrían gran importancia en el desarollo del post-punk y del rock en las latitudes más altas de Europa. Grupos como Auktyon o Kinó se formaron a principios de los años 80 en lo que se podría considerar la capital de la música rock en la Unión Soviética: San Petersburgo.

A fin de representar esta época tan convulsa en lo social y político, Kirill Serebrennikov elabora un biopic bastante libre de Kinò — más libre en sus ataduras formales que en la interpretación de la historia del grupo soviético — en el que repasa la época en la que se formó esta banda. Para ello se sirve de un estilo muy directo, con cámara en mano, y un blanco y negro muy poco estilizado mediante el cual, de un plumazo, elimina cualquier distracción por el color: aquí lo que importa es la música. Leto es una película llena de vida en la que se asiste a la formación del mítico grupo a través de una sucesión de escenas de conciertos, reuniones, fiestas, en las que la música — diegética o extradiegética — inunda todo. La película avanza con pocas ataduras pero con una linea clara — la relación entre el líder de Kinò, Viktor Tsoi, y uno de sus mentores — y prefiere perder tiempo en la idiosincrasia de la época, retratando a los jóvenes de la Unión Soviética tardía, antes que centrarse en la elaboración de un biopic más convencional. Por ello no se puede esperar de Leto la descripción exacta de la historia de Kinó, sino algo más amplio; un relato generacional de una época en la que estaba surgiendo una revolución soterrada.

 

 

Se pueden encontrar películas sobre música en coordenadas cercanas a Leto, pero muy pocas alcanzan el grado de sinergia entre músicalidad e imagen que consigue la de Kirill Serebrennikov. En ella no sólo aparecen decenas de canciones cantadas por los protagonistas, sino que se suceden, cada poco, videoclips en los que suenan algunas de las canciones más famosas de la época — Psycho Killer de Talking Heads o The Passenger de Iggy Pop — y que subrayan la situación de los personajes en ese momento. En estas escenas los fotogramas aparecen pintados por encima en un estilo punk bastante curioso que, desde luego, otorgan un sentido mayor a estas secuencias que el de una mera distracción o referencia musical para el espectador: suponen un ejemplo de la vía de escape que tenía la música para las emociones reprimidas de los protagonistas. Es por eso que al finalizar cada una de estas, un personaje indefinido y sin relevancia en la trama que aparece en todas ellas nos indica que lo que acabamos de ver “nunca ocurrió”. Todo es, al fin y al cabo, un deseo. La contracultura y revolución musical que los protagonistas de la película anhelan no es más que un eco muy lejano.  Al final, claro, alcanzan el éxito y consiguen la relevancia que buscaban, pero nunca más allá de la única sala de conciertos de San Petersburgo en la que se les permite tocar. Una revolución musical enterrada entre cuatro paredes. Mientras, Talking Heads sigue sonando allí fuera.

Resulta irónico que Kinò desapareciera, por la muerte de Viktor Tsoi, el mismo año de la caída de la Unión Soviética. Luego llegaría la apertura y el capitalismo, pero nadie consiguió lo que alcanzaron estos músicos en los años 80. Quizá se debe al mito o quizá a que el mundo globalizado acabó con la rabia, la lucha y las ganas de vivir a través de la música de toda esta generación.

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