Festival de San Sebastián 2018: Rojo

 

Una de las grandes triunfadoras de la 66 edición de Festival de San Sebastián es Rojo (Benjamín Naishtat, 2018), que a pesar de no ganar la Concha de Oro, el haber conseguido tres premios — dirección, actor y fotografía — la convierten quizá en el éxito del festival en tanto que estos certifican el dominio de la película, en tres facetas tan diferentes como esas, frente a sus directas competidoras. Sin ánimo de elucubrar sobre las posibles causas que han llevado al jurado a premiar de forma tan amplia a esta película, se puede decir que los galardones que ha recogido son, si tal cosa es posible, muy justos.

Rojo es una película que se puede considerar realmente completa. Aunque sea impreciso y no muy relevante hablar de una película destacando por separado cada uno de los aspectos que la conforman, en este caso se puede decir que se han unido una serie de circunstancias — ninguna de las cuales sospechamos que sea azarosa — que han provocado que Rojo destaque en muchas de sus facetas: está bien interpretada,  excelentemente fotografiada y posee una dirección muy resuelta. Es, en definitiva, una película cuidada en casi todos sus aspectos; un film muy notable.

Sin embargo, lo más destacable de Rojo no es su excelencia en esas facetas, sino el resultado que da la suma de estas. Hace unos años en el Festival de San Sebastián se proyectó una película argentina de temática muy similar titulada La larga noche de Francisco Sanctis (Andrea Testa & Francisco Márquez, 2016). Esta película narraba la odisea moral y psicológica de un hombre que, en plena dictadura argentina, tiene la posibilidad de salvar a unas personas buscadas por el ejército. Se trataba de una película opresiva, que hacía un uso extraordinario de la luz y el foco de la cámara para aislar al personaje del escenario, constriñendo la puesta en escena a un delgadísimo plano tras el cual todo era difuso. Rojo no se parece formalmente mucho a esta película — salvo, quizá en el uso del color en momentos puntuales — pero evoca de forma significativa a ella en tanto que ambas capturan una atmósfera muy esquiva: la del peligro inminente. Son dos películas en las que existe una amenaza clara — la dictadura argentina — pero completamente inasible, indefinida. Los personajes de ambos filmes están perseguidos por una sombra, la misma sombra, que intercede en sus acciones de forma más o menos consciente. Existe una sensación de terror constante muy parecida en ambos trabajos incluso aunque Rojo esté ambientado justo antes de la dictadura y La larga noche de Francisco Sanctis se encuentre en mitad de ese periodo histórico.

 

 

En Rojo seguimos a un afamado abogado interpretado de forma brillante por Darío Grandinetti que ve como su aparente estable estatus se ve amenazado tras un encuentro, de indescifrable naturaleza, con un hombre en un restaurante. Este encuentro desencadenará un profundo cambio en la personalidad del protagonista, que intuirá que quizá la situación en la que se encuentra pueda escaparse de su control. Lo más interesante de este planteamiento es que es una película en la que no ocurren muchas cosas, pero parece que sí lo hacen, fruto de la paranoia que sufre el abogado. Un desarrollo cargado de simbolismo sobre la dictadura argentina induce ese estado mental, amenazante, extrapolando al espectador la sensación de que todo lo que ocurre puede tener fatales consecuencias. En la película se suceden escenas con personajes relacionados con el protagonista pero alejadas de la trama principal que capturan, de nuevo, esa atmósfera. Rojo es una película sobre un estado de ánimo, de derrota e incertidumbre.

La dirección de Benjamin Naishtat es elegante y pausada, pero aprovechando los escenarios para ofrecer tanto planos generales como más cortos — al contrario de La larga noche de Francisco Sanctis, donde todo se filma desde la proximidad — en los que destaca el uso de una iluminación muy forzada al color rojo — tanto en las iluminaciones como en los elementos de atrezzo — y con mucha saturación. De este modo se consigue una atmósfera un tanto irreal y alucinada, casi como si fuera una ensoñación, algo que destaca en los exteriores y escenas nocturnas sobre todo, así como en aquellas que se alteran con filtros para directamente cambiar el color de toda la escena. En este aspecto es una película mucho más llamativa que la de Andrea Testa y Francisco Márquez, aunque realmente remite a las mismas sensaciones que esta.

Es realmente estimulante ver Rojo, una película creativa y brillante. También hace añorar la existencia de algo parecido en España, una película sobre la dictadura franquista alejada de los infinitos tópicos que suelen arrastrar este tipo de producciones. El trabajo de Benjamín Naishtat es una ventana realmente sugerente a la historia de Argentina, así como una muestra del buen estado de salud que actualmente posee el cine de ese país.

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