El mostacho de Henry Cavill

 

Admito que mi interés a la hora de ver películas de la franquicia del comic de DC reside más en el morbo de observar qué nuevos disparates se les han ocurrido a las brillantes mentes al cargo de esas películas que en un verdadero interés cinematográfico. Con todo, después de ver Wonder Woman, y sin parecerme esta una película en modo alguno reseñable, podría esperarse algún tipo de esperanza para que esta saga salga a flote de una vez por todas y abandone la senda del impostamiento pseudointelectual, la atrofia digital y el ridículo narrativo.

El problema, claro, es que aquellos que están a cargo de estas películas, que funcionan como una industria del automóvil más que como una industria cinematográfica, hace años ya que abandonaron cualquier interés en ofrecer algo más allá que una película sobre un mito del cómic que les permita recaudar suficiente dinero para hacer la siguiente película, y después la siguiente de la siguiente and so on.

Y por supuesto cada una tiene menos ideas que la anterior, es más estúpida y alcanza cotas mayores de ridículo que solo perdonamos porque sale Batman, Superman y Amy Adams haciendo el papel más irrelevante de la historia reciente del cine. Sin embargo, he de admitir que no me esperaba que en la Liga de la justicia hubieran abandonado ya toda esperanza de crear algo minimamente relevante y se hayan preocupado solo de cumplir unos mínimos de fan service para contentar a su sustento. Porque lo demás no solo demuestra interés nulo por el tema que tratan, sino algo mucho peor (o mejor, según se mire): que están desesperados.

 

 

Porque hay que estar muy desesperado; rematadamente desesperado; infinitamente desesperado para (atención) rodar las escenas de Henry Cavill con bigote y luego (atención de nuevo) eliminarlo digitalmente. Sin pudor. Sin ataduras. Resultado: todas las escenas en las que Superman habla (o se le ve el rostro) se notan raras al principio y ridículas diez segundos después. Hemos pasado de la momia digital de Peter Cushing en Rogue One a eliminar un bigote con CGI, dejando al pobre Henry con una expresividad aún menor que la que tiene y la sensación de que acaba de ponerse botox. Hito del cine, de lo mamarracho y de lo vago.

Y no es solo horripilante en sentido estético (que ya sería suficiente para clausurar toda esta franquicia de superhéroes a perpetuidad) si no en cualquier sentido que se pueda imaginar. El afeitado digital de Henry Cavill representa la prisa por lanzar la película a cualquier coste; representa el nulo interés por algo que no sea rentabilizar la inversión, cumplir los plazos y pasar página. Representa la vagancia por buscar alguna solución alternativa y la incongruencia de gastar 300 millones en una película para que tenga efectos especiales realistas y hacer que parezca más falsa que la ola gigante de Muere otro día. Sin quererlo, los antis de DC tienen ya el argumento definitivo e imbatible para desacreditar a los fans en cualquier tipo de debate al respecto: el bigote de Henry Cavill. Pasará a la historia como los pezones del Batman y Robin de Joel Schumacher, la Catwoman de Halle Berry o Jar Jar Binks. Zack Snyder y su acólito, Joss Whedon, han pergeñado una lovecraftiana pesadilla para aquellos defensores de la seriedad de DC, que esgrimían con el valor que otorga saber que has sido iluminado con un entendimiento superior, la espada de la justicia cinematográfica sobre la cabeza de los primitivos fans de Marvel que solo buscan, en fin, entretenerse.

Ahora con qué cara miras a alguien que te diga que DC busca una mayor profundidad intelectual. Antes ya costaba aguantarse la risa con el argumento, pero ahora directamente va a ser imposible hacerlo. El bigote de Henry Cavill desacredita cualquier ideología, cualquier pensamiento, cualquier intención de la película. Es un ente propio, un demiurgo cinematográfico, heraldo de próximos e inminentes horrores como ya lo han sido el gran Moff Tarkin digital y el rejuvenecimiento de Johnny Depp en Piratas del Caribe. Son una especie de trío del apocalipsis que certifica que nadie se encuentra ya a salvo, que estamos condenados y que solo queda correr. Ya nadie podrá reprobarte que enciendas la luz con el pie desde la cama en vez de levantarte, o que desenchufes el PC en vez de apagarlo como Dios manda. Nadie podrá porque existe un precedente moral, legal, vital, llamado bigote de Henry Cavill que autoriza todo esto, y más. Es como el nuevo dios de la vagancia, el rey del no me importa, el lo hacemos y ya vemos más alucinante que jamás habrían podido imaginar los directores de La Llamada.

¿Qué queda después de esto? ¿Eliminar digitalmente las verrugas? ¿Hacer más alto a Danny de Vito? Da igual, porque cualquier uso posterior que se le dé a esta tecnología del demonio, surgida de las entrañas del infierno más profundo que Dante pudiera imaginar, palidecerá ante su precedente: afeitar a una persona con un ordenador. Y además mal. Porque, joder, qué mal queda. Ni un poco de cuidado, ni un poco de interés porque parezca que no ha sufrido un ictus y ha perdido la movilidad del labio superior. Es como si Henry Cavill hubiera salido antes de cada escena de una operación de muelas y sufriera todavía los efectos de la anestesia.

Abandono pues, toda esperanza (si es que me quedaba alguna) de comprender este mundo que nos deja el auge del microchip y pasaré a un papel secundario, de observador y sufridor de esta realidad contra la que no me voy a rebelar porque parece imparable. Ari Folman ya llevó a la gran pantalla en El congreso un texto de Stanislaw Lem que teorizaba sobre un futuro similar: Robin Wright vendiendo su imagen para que se la pueda animar digitalmente en innumerables películas posteriores.  Asumamos nuestro destino; asumamos que dentro de 5 años Humphrey Bogart volverá a protagonizar alguna película.

 

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